El viejo de negro

Servando Peñuñuri Clemens

 

Decían que en el panteón del pueblo se les aparecía a los niños y a la gente que estaba por morir un viejito vestido de negro. Cierta noche, Ramón el tendero del poblado, fue a dejar flores a la tumba de su esposa, cuando estaba por marcharse, vislumbró la silueta del viejo de negro sentado encima de una roca. Con el rostro pálido, Ramón dijo para sus adentros que su hora había llegado. El viejo de negro sonrió y segundos después desapareció. Ramón se marchó a su casa y se prometió seguir su rutina igual que siempre y disfrutar sus últimos momentos al máximo, sin embargo, pasaron las semanas y él continuaba con vida y con perfecta salud.


Después de cerrar su negocio, Ramón disfrutaba enormemente jugar con los niños a las canicas, al trompo, a los carritos y a pesar de su avanzada edad al fútbol. Estaba feliz porque su corazón estaba lleno de inocencia, no obstante, la incertidumbre no lo dejaba dormir tranquilo. Una mañana decidió ir al cementerio para cuestionar al viejo de negro. Al entrar al lugar, se topó de frente con el espectro y le preguntó:

 —Oiga, amigo, lo puedo ver con claridad. —Titubeó—. No entiendo por qué no he muerto. Ya pasaron semanas y nada. La espera me está aniquilado lentamente. 

—No sé, yo nomás vago por aquí. A mí que me esculquen, amigo. 

—Dicen que sólo te pueden mirar los niños y la gente que está a punto de morir... Por eso le pregunto, señor. 

—Es cierto, eso dice las personas, pero no es mi culpa. Yo no decido la muerte de nadie. 

—No comprendo nada. 

—¿Podemos sentarnos para para platicar un momentito? 

—Claro —respondió Ramón. 


Más tarde, Ramón se retiró con más dudas que respuestas, ya que no pudo sacarle información al fantasma, el tipo sólo hablaba de cosas triviales e infantiles, de hecho él no sabía en qué momento se había convertido en una aparición. Ese mismo día, Ramón se encontraba jugando a la rayuela con los vecinos pequeños de su barrio, en ese momento, pasaron dos individuos por la calle, uno de ellos le gritó de forma burlona

—Ya estás viejo para payaso, Ramoncito. Ramón se apenó, metió las manos a los bolsillos y dejó de jugar. 

—Pareces un mocoso —gritó el otro sujeto— Mejor ponte trabajar más duro. 

En ese instante, Ramón comprendió la situación. Su rostro se iluminó de felicidad, pues recordó: “el viejo de negro sólo se le aparece a la gente que está por morir y a los niños”. Algún día moriré, pero todavía no me toca, pensó Ramón. Sin importarle las burlas siguió jugando y gozando la vida como un crío, ya que su espíritu era igual a la de un infante.