UNA DAMA

Arisandy Rubio García

Su impacto en mí fue instantáneo. Había recorrido el mundo y conocido mujeres hermosas pero ella era la absoluta conjunción de todas ellas, con una armonía sublime, como si cada elemento de su ser hubiese sido previsto con la intención de hacerla cautivadora ante los ojos de quien la mirara. Sé que es atrevido describirla, no obstante, me aventuraré a buscar entre mi exiguo vocabulario las palabras exactas que dibujen en la mente del lector la figura excelsa de la mujer que se imponía ante mis ojos.


Adornaban sus pies dos pequeños zapatos de color blanco que me hicieron recordar la blancura de la nieve que envolvía las montañas a las que fui a visitar a un viejo amigo, se encontraba enfermo y su muerte llegó pronta. Como último deseo pidió ser sepultado en la cima de la montaña que se alzaba tras su casa. Arriba, la nieve lo cubría todo, una leve brisa hacía crujir las ramas congeladas de los árboles e inmediatamente pensé que así sonarían los zapatos de la mujer al caminar.


Uno de sus pies estaba levantado con elegancia, formando un ángulo de 45° con el piso. En seguida los delicados tobillos se unían con sus rodillas en una línea ondulada en la parte de atrás y recta al frente. Sus piernas parecían talladas por diestros escultores que, midiendo y haciendo ecuaciones de todo tipo, habían encontrado las dimensiones perfectas. Cubría sus piernas con unas medias negras que contrastaban con su calzado y se perdían bajo un vestido con bordes negros. Su ropa se ceñía a su cintura y sus caderas se ocultaban bajo una falda que semejaba una rosa en pleno florecimiento girada 180°. El recuerdo de una extraña historia me invadió de inmediato.


En 1819 una excéntrica Duquesa pidió a sus sirvientes poner cubos llenos de tierra bajo los tejados. El contenedor abonado estaba cubierto con una manta fuerte aunque delgada, con un orificio al centro donde se depositaron semillas de rosa. Los cubos adheridos a los tejados rodearon toda su mansión, se regaban cada tres días y tenían jardineros que los revisaban constantemente. 


Al inicio se pensó que era una de las locuras ocasionales de la Duquesa, crecieron las sospechas de que se había llevado a cavo gracias a que el pago de sus sirvientes era elevado, nadie creyó que pasara algo interesante. Cuando llegó la primavera, las flores de los jardines explotaron como fuegos artificiales de mil colores pero no fue hasta un mes después que las semillas en los cubos comenzaron a brotar de manera majestuosa. Con rapidez los tejados se adornaron de verde y poco después se cubrieron de rojo. Las rosas habían crecido hacía abajo e incluso más grandes y frondosas. Nadie podía explicarlo sino diciendo que estando al revés y por la fuerza de la gravedad las rosas enviaron mayores nutrientes a las flores, lo que influyó para que fueran más bellas que las rosas que crecían convencionalmente. Nunca vi una fotografía de tal paisaje, pero pude recrearlo con claridad en mi cabeza mientras miraba la ropa de tan majestuosa mujer.


La parte de arriba de su vestido tenía el aspecto de una blusa femenina común. Un cuello en trazado en “U” con el borde negro, bajaba la tela blanca por su pecho y se volvía un par de suaves dunas desérticas en su busto. El estómago se reclamaba como planicie de tundra y en su vientre se perdía como horizonte infinito. Un abrigo cubría su espalda y sus brazos hasta las muñecas, descendía por la columna moldeando una curva maravillosa, con la sensación de que se movía con grácil ritmo, semejando el lento baile de la aurora boreal en los Polos, aunque realmente estaba completamente inmóvil. Sobre su pecho caía discretamente una delgada cadena de oro blanco con un camafeo decorado en negro y dorado.


Hacia mi segunda década de vida mi padre, un viejo arqueólogo, absorbido por una extraña locura me pidió con gran fervor que viajará a Egipto para buscar unos pergaminos que había escondido en su última visita. 


Temeroso de que alguien se los robara los había enterrado en la orilla del mar rojo, bajo las faldas de Yebel Hamata, entre Cabo Banäs y Marsa ‘Alam, en una zona plana que los nativos llamaban “Cuna de Arena”. Los pergaminos contaban la historia de una civilización egipcia desconocida. Mi padre había descifrado en los jeroglíficos que la civilización se había asentado al norte de la ruptura del Lago Nasser, mismo que da vida al U. ‘Allaql. 


La pequeña ciudad era gobernada por una joven reina que asumió el poder luego de la prematura muerte de sus padres debido a una extraña enfermedad “que llenaba la piel de heridas y hacía a la sangre escapar del cuerpo”, ahora tal vez recibiría el nombre de Lepra. La joven gobernó por varios años hasta que una colonia egipcia atacó a su pueblo asesinando a todos a su paso. 


Rápidamente escribió algunas cosas en pergaminos y las unió a otros donde se contaba la historia de la ciudad, su creencia, sus ancestros, sus padres y ella misma. Anotó también que como prueba de sus palabras ponía un collar de oro labrado por su padre y adornado con bellas figuras que representaban a su Dios, a su gente y al río que los protegía.


Cuando llegué al mar rojo tardé un par de días en encontrar el lugar exacto donde estaban escondidos los pergaminos y a penas los hallé tomé junto con ellos el primer avión de regreso a casa. En el camino admiré la belleza de los grabados y escenas que había en el papiro, pero cuando miré el collar quedé sorprendido por lo maravilloso que era. Tenía forma de camafeo. No era exactamente una pieza discreta, sin embargo, aún con su gran tamaño, imaginarlo en el pecho de una mujer me hacía pensar que no había adorno más hermoso que ese.


Deje de observar el collar que tanto me recordó al que recogí en Egipto y me perdí en su cuello, parecía muy terso y se unía a un hermoso rostro, delicado, femenino, exquisito. Sus labios semejaban un durazno fresco, a penas maduro, delicadamente rosado, radiante y aterciopelado, que incitaba a ser mordido para saborear el dulce jugo de su néctar. Tenía una suave sonrisa dibujada en una línea curva, como retando a imaginar el motivo de su existencia.


Sólo existía algo que opacaba la belleza que he descrito hasta ahora y eran dos profundos abismos, completamente negros, fosa de pensamientos perversos, ideas místicas, sueños demoníacos. Había en su rostro un par de ojos delineados con excelencia, brillantes y abiertos en tres cuartas partes de su alcance total. El iris había nacido bajo las pinceladas delicadas de algún pintor obsesionado con la perfección que utilizaba pinceles sólo de la mejor calidad. Sus pestañas y cejas servían como complemento excelso y combinaban con el marco que hacía su cabello. Una melena castaña ondulada y vibrante, que caía sobre su espalda, sobre el abrigo que cubría su espalda, sobre los montes de sus pechos, sobre la mitad de su frente de manera discreta.


Tras de ella una enorme catedral. ¿Segovia?, ¿Colonia?, ¿Notre Dame?, No importa, la belleza de la enigmática mujer que yacía estática dentro de aquel cuadro en la pared me cautivó por segundos, minutos, tal vez más de una hora.

Sobre la autora.

 Arisandy Rubio García es Licenciada en Psicología Social por la Universidad Autónoma Metropolitana. Reside en el Estado de México, su trabajo literario se orienta principalmente a la narrativa y actualmente figura en dos antologías de la editorial La Sangre de las Musas. 

Así mismo, algunas de sus obras se pueden encontrar como narraciones y texto en YouTube (https://goo.gl/A2y2og)  y Facebook (https://www.facebook.com/ARGarciaCuentos). 

Contacto: rubio_ga@outlook.com